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sábado, 6 de junio de 2009

ORIGEN DE LA FIESTA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD


Resulta interesante descubrir el origen de una fiesta que ya desde la primitiva comunidad critiana estaba implícita en la celebración litúrgica. Va a ser por la contienda antitriniatria de los siglos VII y VIII, cuando la Iglesia va a buscar una formulación más teológica para dejar nítidamente claro aquello en lo que siempre ha creído y celebrado: el misterio trinitario del Dios cristiano, experimentado y expresado como una comunidad de amor al modo de una familia humana que sería, en último término, signo de este misterio divino.
Lean lo que viene a continuación sobre la Trinidad, es interesante y enriquecedor.



Por Nereo Silanes, o.ss.t

La fiesta de la Santísima Trinidad constituye la expresión celebrativa del misterio central de nuestra fe, Dios Trinidad, como suelo nutricio que debe alimentar la existencia de todo bautizado.

Origen y evolución de la fiesta

La fiesta de la Santísima Trinidad entra un poco tardíamente en la liturgia. ¿Razones? En realidad, la Iglesia, directa o indirectamente, celebraba en su liturgia no sólo «los misterios» de nuestra salvación, acaecidos en el Hijo encarnado y en el Espíritu Santo, sino también al que es la fuente original de todo don salvífico: el Padre. En otras palabras, la Iglesia, a través de las doxologías litúrgicas «Gloria al Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo», o «Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo», reconocía y aplaudía que la salvación proviene no de un Dios neutro e impersonal, replegado en su Olimpo, sino del Padre, por medio de su Hijo encarnado, en la presencia del Espíritu Santo.

Fue en los siglos VII-VIII, tras las contiendas antitrinitarias, cuando surgen formulaciones litúrgicas más teológicas, como ocurre con el prefacio de la fiesta (Sacramentario Gelasiano) o con la misa de la Santísima Trinidad, que aparece como «misa votiva» para los domingos. Parece que la fiesta de la Santísima Trinidad comienza a celebrarse el domingo siguiente a Pentecostés en los monasterios benedictinos franco-anglicanos, hacia el siglo X.

Roma se opuso en un principio a esta fiesta por la razón apuntada: toda fiesta tiene un contenido trinitario y, en consecuencia, no se veía necesaria una fiesta especial (Alejandro II, año 1073 y Alejandro III, año 1181). La fiesta, sin embargo, se fue introduciendo cada vez más, alentada, en buena medida, por la Orden de la Santísima Trinidad, fundada en 1198, como «Orden de la Santísima Trinidad para la redención de los cautivos». Sería, al fin, Juan XXII quien la introdujera para toda la Iglesia en el año 1334.

La reforma del Vaticano II ha mantenido esta fiesta de la Santísima Trinidad, que puede considerarse en una doble vertiente: como estación de llegada y como plataforma de despegue.

a) Como estación de llegada. La Iglesia, tras haber experimentado a lo largo del año litúrgico las «maravillas» de salvación de las que ha sido usufructuaria (Adviento, Nacimiento del Hijo de Dios en nuestra tierra, la presencia de Cristo como compañero de camino entre los hombres, «Maestro», «Verdad y Vida», «Médico de los cuerpos y de las almas», su Pasión y Muerte redentoras, su Resurrección y Ascensión, y la donación del Espíritu a su Esposa, la Iglesia, de junto al Padre), cae arrodillada ante el trono augusto de la Santísima Trinidad en un ininterrumpido aplauso de fe, esperanza y amor, reconociendo en las tres divinas Personas la fuente y origen de todo su bien: «Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo».

b) Como plataforma de despegue, la fiesta de la Santísima Trinidad muestra a la Iglesia un horizonte de luz y de esperanza, que ha de ser vivido en unas relaciones de comunión filial con el Padre, en Cristo y como Cristo, y fraterna con Cristo hermano y con los hermanos, desde el Espíritu, mientras esperamos la llegada a la Casa del Padre, donde «Dios será todo en todos y para siempre (1Co 15, 28).

Una fiesta con sabor de hogar

El gesto de «brindar», tan socorrido en nuestras relaciones sociales, como feliz augurio de algo nuevo, nos permite entender la celebración de la fiesta de la Santísima Trinidad, con su culmen en la celebración eucarística, como un «brindis» por el Dios de la vida. En la Eucaristía brindamos con la copa del Señor que, a modo de «signo», hace patente el banquete del Reino escatológico, en la comunión familiar con el Padre, fraterna con Jesús, hermano, y con todos los hermanos, unidos por el amor del mismo Espíritu. Brindamos por el Dios de la vida (el Padre), por el Mediador de toda vida (Jesucristo) y por el Espíritu de la vida (el Espíritu Santo). Brindamos sabiendo que todos los bienes salvíficos se nos han dado en Cristo, si bien en esperanza, mientras llega el encuentro final en la casa del Padre.

La Iglesia, peregrina en la historia, está domiciliada, ya, en el hogar del Padre, en donde experimentará que lo que es verdadero en las relaciones entre el Padre y el Hijo («todo lo tuyo es mío y todo lo mío tuyo», Jn 17, 10), en la patria trinitaria se realizará eternamente entre el Padre y sus hijos de adopción. Vueltos a la casa del Padre, también los hijos conocerán la verdad de esa relación familiar que Jesús expresó en la parábola del hijo pródigo: «hijo, tú estás conmigo y todos mis bienes tuyos son» (Lc 15, 31).

La fiesta de la Santísima Trinidad, por tanto, nos permite pregustar lo que será, al final del camino, nuestro gozo eterno: vivir en comunión familiar con el Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo.

La fiesta continua

Toda vida, normalmente, es un canto a la vida y al amor y una invitación a vivir en comunión de vida en la participación y en la acogida mutuas.

La fiesta de la Santísima Trinidad es, por antonomasia, un canto a la fuente de toda vida y de todo amor y a vivir unas relaciones familiares de participación y de diálogo en la comunión. San Agustín reconoce que «lo más grande en el culto es imitar lo que adoras». Por eso, la celebración de la fiesta de nuestro Dios Trinidad constituye una interpelación para traducir en la vida nuestra adoración a la Santísima Trinidad. Esta adoración nos ha de llevar:

a) a defender y proteger la vida en todas sus manifestaciones, sobre todo, la vida divina de los hijos de Dios, que poseemos en Cristo y en el Espíritu Santo;

b) a construir la civilización del amor (Juan Pablo II). «Dios es Amor» (1Jn 1, 18). El cristiano, como imagen de Dios, es amor, en cuanto participa el mismo ser divino. Quiere decir que nuestra confesión de fe en el Dios-Amor, nos ha de llevar a traducir este amor en gestos de solidaridad, de amor y de servicio a los hermanos.


c) a defender la inviolabilidad de la persona humana, creada a imagen de Dios (Gn 1, 26), desde su concepción, respetando su dignidad con sus derechos y deberes;

d) a vivir en comunión dentro de la diversidad personal, social, cultural y religiosa. ¡Siendo muchos y distintos, no constituimos más que una única familia! Necesitamos una nueva mentalidad, que nos abra al respeto y aceptación, a la participación y a la comunión en la diversidad.

e) La fiesta de la Santísima Trinidad nos muestra que nuestro Dios es «don» total al hombre: el Padre se nos regala por Cristo en el Espíritu Santo, urgiendo en el hombre, en cuanto imagen de Dios, una vida de «don» para el Padre, en Cristo, con Cristo y como Cristo, en docilidad al Espíritu Santo y una vida de «don» para sus hermanos los hombres, siendo la presencia visible y verificable de Dios Trinidad: «A la Iglesia -a cada cristiano- toca hacer presentes y como visibles a Dios Padre, a su Hijo encarnado con la continua renovación y purificación propias bajo la guía del Espíritu Santo» (GS 21,5).

f) La vida de todo bautizado ha de tener un «estilo trinitario». El cristiano ha de vivir como hijo de Dios, buscando en todo la voluntad del Padre y asumiendo los mismos sentimientos de Cristo, que hizo de su preciosa existencia un «don hasta la muerte y muerte de cruz». Siempre dócil, eso sí, a la acción del Espíritu Santo. O, en otras palabras, toda vida cristiana se ha de realizar en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, buscando siempre la mayor gloria de la Santísima Trinidad.

(Tomado del "Nuevo Año cristiano. Junio", EDIBESA, 2001)